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Los efectos de la completitud.

 Tuve la dicha de poder convivir con una familia que - sin mencionar los polemizados conceptos de clase social - se encontraba en una situación económica que les permitía acceder a casi la totalidad de la configuración actual del lugar donde vivían. Planeado o no, la realidad era esa. Estuve con ellos una suma de ocho años entre encuentros transitorios, llevando sus hábitos, teniendo sus pláticas, visitando sus lugares, comiendo su comida. En fin, viviendo su vida. 

Tal convivencia no tenía ningún propósito de investigación o estudio antropológico, se trataba mas bien de un coordinado de reuniones esporádicas que teníamos cada año para vernos, cada quien con propósitos diferentes que en algún punto, bastante optimista, terminaban por unirse. Tal vez era uno o muchos, yo disfrutaba simplemente vivir su vida, utilizar la mayoría de los servicios y amenidades que su ciudad les ponía a disposición me hacía sentir despreocupado y confortable. De algún modo, era como si estuviera viviendo algún destino alterno diseñado por el sistema. Con todas las cosas que sabía de ellos, me resultaba muy curioso tener platicas con ellos donde me contaran sobre sus nuevos aprendizajes, sus nuevas inquietudes, sus nuevos pensamientos, especialmente era algo que solía conseguir fácilmente con los miembros más jovenes de la familia. De aquellas charlas puedo decir llanamente que los miembros adultos constantemente se sentían hostigados por las anomalías de la cotidianidad, en un mundo tan ordenado y planeado, les era un tanto difícil manejar los eventos fortuitos que inevitablemente yacían en omnipresencia. Los miembros más jóvenes, por el contrario, prescindían de las anomalías quizá porque a su corta edad apenas se habrían dado cuenta de que vivían en un escenario planeado, y paradójicamente les asaltaban primero los eventos fortuitos, los cuales trataban de adoptar con respuestas y aprendizaje. Mi respuesta a aquellas charlas para ambos miembros, siempre fue escuchar con esmero, pues esa era para ellos la mayor de mis contribuciones. Con los jóvenes de vez en cuando se me escapaba alguna reflexión para ofrecerles, y pienso yo que más que el contenido de la reflexión, la reflexión misma les cautivaba. 

Hasta no hace mucho conseguí algunas pistas sobre el propósito que tendrían ellos conmigo. Siempre caminaba pensando que vernos era suficiente, pero como se habrá leído arriba, la realidad sobre los intereses de cada quien era más profunda y distinta; vernos era solamente como el saludo de mano. Una parte de la respuesta pudo ser que su interés rondaba en la posibilidad de clasificar sus salidas habituales como "paseos de ocio". Todo transmutaba, ya no se trataba de correr a la cafetería en la mañana para romper el ayuno, ahora era correr a la cafetería en la mañana para soltar algún pensamiento de amanecer, para expresar que tal le caía un latte deslactosado antes de pasear a los perros, o para sentarnos y comentar como le hacía sentir la mesita de la esquina que daba vista al paisaje montañoso. Mas o menos en ese tono se convertían todas las salidas que haciamos. A pesar de todo eso, nunca me sentí generoso. 

Fue recientemente que me puse a reflexionar sobre la completitud y sus efectos. Yo había quedado desempleado hace casi cinco meses, y una de las intenciones de dicho evento, había sido el afán por recuperar cosas que aportaban gran significado a mi inmanencia. Cosas que nisiquiera lograba identificar con certeza que eran o como se comportaban, el rastro más visible si a caso era la sensación que causaban, y con eso me era suficiente para asegurar su existencia e insistir en mi búsqueda. Sabía que poco a poco iban a irse presentando, de una en una, quizá en otra forma y de manera lenta. Y así pasó.

Una de las sensaciones más naturales que experimenté fue la apreciación de la reserva y ahorro. La ausencia de ingresos monetarios me supeditaba a elegir mis recursos y servicios diariamente, cosa que había olvidado en mis últimos años trabajando. Tal cosa, por alguna razón que aun no me explicaba, me hacía sentir contento, satisfecho; dada la singularidad de mi sentir, quise ahondar en una respuesta.

Me sacude en ánimo pensar en los textos de Jorge Luis Borges, y tengo muy límpido el recuerdo de dos pequeños cuentos que escribió en los años 40s, una época importante para el autor donde se comenzó a consolidad su estilo literario tan bello, preciso y compacto. Uno de ellos es el cuento de "Funes el memorioso". Funes, fue un personaje ficticio que tenía la cualidad de recordar absolutamente todo, cada detalle, cada instante, cada lugar. Sin embargo, al final del cuento la enseñanza nos dicta que tal perfección es una imperfección, la imposibilidad de olvidar no le permite proyectar un camino o decidir con claridad. Un ejemplo con la elegancia de Borges que nos hace recordar uno de los efectos de la completitud. 

Luego, en otro de sus cuentos titulado " Del rigor en la ciencia", en una narrativa corta y profunda Borges nos demuestra las implicaciones de la desmesura en el terreno de la perfección. El texto nos cuenta como un imperio ficticio logró la perfección en materia cartográfica, diseñando un mapa que abarcara toda una ciudad, cuidando el detalle de que cada punto encajara perfectamente con las coordenadas del lugar. Tal precisión a primera vista puede parecer admirable, sin embargo, al crear un mapa completamente idéntico al territorio, se pierde la utilidad del mapa mismo. Un texto además vigente para la filosofía de la ciencia y el reconocimiento de sus modelos.

Los cuentos de Borges invitan a reflexionar sobre la completitud, la totalidad, la perfección y sus efectos en todos los ámbitos de la vida. Una cualidad, si a caso, muy suplicada por la sociedad actual y que pocas veces se pone en discusión sobre la mesa; y es que, principalmente en el terreno de la filosofía occidental, se ha ido construyendo el pensamiento de la trascendencia humana a través de varios puntos, y uno de ellos es la adopción de una libertad total, en tanto que presupone cierto grado de autonomía de pensamiento y con ello la posibilidad intrínseca de elegir de acuerdo a nuestro propio pensamiento, considerando siempre un bien mas allá de lo individual. A este punto, algunos filósofos como Schopehauer advertían que la voluntad era algo que sencillamente se encontraba en cada humano, y que aunque hay cosas a las que podemos darles nuestro criterio de elección, simplemente habrá otras que no, y que se comportarán como una suerte de impulsos. 

Elección, posibilidad, libertad, siguen siendo las palabras que resuenan en mi reflexión. ¿Qué tanto elegimos cuando simplemente ya no queda nada sobre que inclinarnos más? o cuando ya no queda más que elegir?. En este sentido es cuando pienso yo que se difumina la elección y la libertad.

En el libro titulado "Echar raíces" de la filósofa francesa Simone Weil, la autora señala que cuando las posibilidades de elección son tan amplias y extensas, pueden resultar perjudiciales para la libertad del hombre, un pensamiento sin lugar a duda vigente en el marco de la sociedad actual donde la revolución científica y cultural que atestiguamos nos coloca en una atmósfera que dispone abiertamente de toda la información que circula. 

Tras haber recordado estos valiosos textos, creí haber respondido una parte de mi inquietud respecto a mi sentir, y con esos ojos me dispuse a mirar desinteresadamente aquella familia con la que había convivido eso años. Una familia que gozaba de la totalidad de la configuración de la ciudad donde vivían, una familia que podía acceder a todas las amenidades de una plaza comercial, de un mercado, de un restaurante. Una familia que de frente todos los días se le presentaba un abanico de opciones para comer, para pasear, para divertirse; y al que sin ningún inconveniente podrían acceder. Solo uno muy fútil pero resonante: la libertad de elección. 

Tal vez, en la siguiente vez que nos veamos mis intereses habrán cambiado, y entre todos habrá que pensarnos que nuevo rumbo seguir. 


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