Son miserables las veces que atendemos las sensaciones que desnudan nuestro analfabetismo sobre lo humano. Las desoímos, luego quedamos como imbéciles. El dolor, es una de ellas. No estoy refiriéndome al dolor emocional, sino al sensorial. Aquel que se siente cuando te machucas un dedo o cuando te cortas la boca. En menos de un segundo tu cuerpo se frena de golpe, tus pupilas se detienen apuntando a cualquier sitio. Cientos de pulsos eléctricos se dan cita en la región donde se originó el dolor. La temperatura ya no es la misma, te sientes más frío. Tu cuerpo es una bestia en frenesí disparando señales a todas direcciones. Hay contracciones involuntarias por todas partes. Luego, todo termina y el cronómetro se vuelve en cero. Tú continúas con tu vida. Dejas ver que no eres dueño de ti mismo, que no hay ni siquiera una soga de la que hay que desatarse; ni una libertad que perseguir.
Tuve la dicha de poder convivir con una familia que - sin mencionar los polemizados conceptos de clase social - se encontraba en una situación económica que les permitía acceder a casi la totalidad de la configuración actual del lugar donde vivían. Planeado o no, la realidad era esa. Estuve con ellos una suma de ocho años entre encuentros transitorios, llevando sus hábitos, teniendo sus pláticas, visitando sus lugares, comiendo su comida. En fin, viviendo su vida. Tal convivencia no tenía ningún propósito de investigación o estudio antropológico, se trataba mas bien de un coordinado de reuniones esporádicas que teníamos cada año para vernos, cada quien con propósitos diferentes que en algún punto, bastante optimista, terminaban por unirse. Tal vez era uno o muchos, yo disfrutaba simplemente vivir su vida, utilizar la mayoría de los servicios y amenidades que su ciudad les ponía a disposición me hacía sentir despreocupado y confortable. De algún modo, era como si estuviera vi...
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