La argumentación es una práctica que resulta del ejercicio del razonamiento. A través de ella
los seres humanos expresamos nuestros pensamientos en una estructura con juicios
independientes dotados de premisas y conclusiones elaboradas con suficiencia. Como se sabe
hasta ahora, el raciocinio es una característica fundamental e innata en los seres humanos, su
uso puede ayudarnos a obtener nuevos conocimientos mediante los ya aprehendidos, y así
mismo resolver problemas u observar distintas tajantes en diferentes circunstancias; en otras
palabras, es un ejercicio de codificación, decodificación y transformación de información a
nivel intelectual. Muchos de los avances científicos que hasta hoy se han desarrollado se
deben en gran parte a un conjunto de ilaciones de raciocinios. Sin embargo, es un hecho que el
raciocinio es también una actividad casi en desuso. Esta afirmación no debiera sorprendernos;
en muchos sentidos, los humanos nos hemos acostumbrado a no razonar y vivir con ello la
mayor parte de nuestros días. Nos envuelve una profunda apatía y pereza por poder construir
nuevo conocimiento incluso si lo necesitáramos en un momento inequívoco. En la cotidianidad
podemos pasar días, semanas, meses, sin poder construir un enunciado producto del
razonamiento y ejecutarlo en nuestras vidas para hacer, deshacer o resolver. Así se ha
acostumbrado, y ha “funcionado” para sobrevivir, para perdurar. No obstante, si observamos
lo anterior desde una perspectiva sistemática, el desuso de esta práctica si puede resultar en
un desentendimiento total de lo que nos rodea y con ello resultar en un comportamiento
humano mecanicista; connatural para lo que hoy sabemos de los seres humanos. Que el lector
imagine cualquier escenario catastrófico. Como bien dice el Filósofo Carlos Maldonado, los
seres humanos procesamos información todo el tiempo, y la ausencia de esta praxis puede
consumarse en la muerte. Ex profeso, todo el tiempo los seres humanos procesamos
información, decodificamos el universo de símbolos que nos aparecen consuetudinariamente y
les asignamos una interpretación. Cuando salimos a la calle vemos figuras, formas, y les damos
un nombre; por ejemplo, un conjunto de árboles de diferentes especies y tamaños, o una
vialidad con señalamientos en diferentes lugares rodeadas de diferentes entornos. Así
procesamos cosas, y este procesamiento puede generarse a mayor escala y construir nuevos
enunciados a través de lo que ya hemos procesado y decodificado. Este es el meollo del
raciocinio.
Lo que es de preocupación inmediata es que, en cierto sentido, la deficiencia del raciocinio se
ha alojado en el universo de grupos de personas que difunden información bajo la convicción
de que sus datos fueros procesados y establecidos dentro de un ejercicio de razonamiento y
no solo de moral o de compromiso, desde el grupo de partida al que pertenecen o se asocian.
En esta cofradía viven muchos científicos y pseudocientíficos. La preocupación no está
propiamente en que el dato se genere dentro de una colectividad distinta a la del raciocinio,
sino de que este suponga haber atravesado sobre un ejercicio de razonamiento. Así, los
productos finales de la difusión que profesan se convierten en un conjunto de enunciados
falaces, que en benevolencia, deben ser concientizados por los receptores.
El desuso del raciocinio ha imperado, se ha contagiado a la mayoría de nosotros, y se vuelve
necesaria una llamada de atención para su re emprendimiento, desde edades tempranas, en
todas las escalas y jerarquías de la humanidad; pues al final, es quizá este algoritmo mental, –
paradójicamente-, lo que ha mantenido viva nuestra especie.
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